China: las dos caras de una moneda

Hay países que te enamoran y países que te decepcionan. Países por los que pasas de puntillas y países en los que bajas hasta sus entrañas. Países que te sacuden y países que te dejan indiferente. Países en los que te quedarías a vivir y países en los que estás deseando salir antes de entrar. Países con los que te identificas y países con los que te cuestionas quién eres y qué haces allí.

No sabemos muy bien como explicarlo, pero China es todos esos países a la vez y, cuando salimos del país, éramos personas distintas a las que que habían entrado. Los 18 días más transformadores de nuestras vidas. Un máster personalizado.

Por resumirlo en tan sólo una frase: China es el país que nos ha hecho viajeros de verdad.

Un país que nos ha sacudido en varias ocasiones. Que nos ha mirado a los ojos y nos ha dicho: ¿dónde creíais que ibais?

Comúnmente se dice que viajar te abre la mente, pero no estamos de acuerdo con esta frase. Creemos que viajar es una actitud y que, si no se quiere abrir la mente de verdad, da igual ver un país in situ que verlo por Youtube. No importa visitar un país o visitar cien.

Es como leer doscientos libros y no haber asumido de verdad ninguno. Estás igual que al principio, pero sin el tiempo que te ha llevado leer esos doscientos libros. Viajar, como todo en la vida, es una actitud mental. Esto lo aprendimos en China.

China es enriquecedora y retadora a partes iguales. No nos engañemos, para nosotros no fue un país sencillo. Pero tuvimos la suerte de disfrutar la inmensidad de la Gran Muralla, el eclecticismo de Pekín, el urbanismo de Shanghai, los impresionantes paisajes de Zhangjiajie, la prominencia de las montañas kársticas de Yangshuo y la majestuosidad de su Gran Buda de Leshan.

Es el tercer país más grande del mundo, aunque por la gente que hay y las distancias a recorrer de un lugar a otro parece ser el país eterno. Nuestro primer consejo a quien quiera visitar China: planea todo con mucho tiempo.

China fue nuestra tercera parada en nuestra vuelta al mundo, pero no era nuestro tercer país visitado. Llegamos procedentes de Mongolia tras pasar allí una maravillosa semana explorando el desierto del Gobi.

Nos habían hablado bien y mal de China. Estábamos ansiosos por conocerla. Además, Pepe llevaba unos meses estudiando el idioma mandarín, y tenía ganas de ponerlo en práctica (aún no lo sabíamos, pero las cuatro palabras que sabía nos fueron de utilidad en más de una ocasión).

Nuestro primer destino en el país fue la maravillosa y sorprendente Pekín, su capital.

Gran Muralla China de Pekin
Gran Muralla China de Pekin

Estuvimos allí cuatro días, pero bien podrían haber sido cuatro meses. Es una ciudad que no acaba nunca. De Pekín nos llevamos su Ciudad Prohibida, su Gran Muralla, sus puestos callejeros y su Palacio de Verano. No sabemos cómo ni cuando, pero sabemos que la vida nos llevará de vuelta a Pekín algún día.

Desde Pekín pusimos rumbo a Shanghai, ciudad moderna donde las haya. Nos pareció la menos china de todo China. Occidente en Oriente. Una ciudad para perderse, en la que estuvimos dos días y medio, pero nos hubiéramos quedado mucho más de haber dispuesto de más tiempo. Recomendamos visitar su skyline de día y de noche, relajarse paseando por Yuyuan Garden, y saborear la ciudad antigua de Zhujiajiao. Shanghai es, para nosotros, como su torre de televisión: la Perla de Oriente.

Tras nuestra breve estancia en Shanghai, volamos hacia Chengdu para ver el Centro de Conservación de Osos Pandas y el Gran Buda de Leshan. Chengdu es una ciudad que nos dejó indiferentes. Leshan es otra cosa.

Cuando fuimos a ver su Gran Buda de piedra (el más grande del mundo) nos dimos cuenta del verdadero poder que tiene China para convertir la más impresionante de las maravillas en un parque de atracciones paradójicamente carente de atracción. A pesar de lo que nos gustó, no volveríamos a ver el Gran Buda de Leshan.

Buda Gigante de Leshan, China
Buda Gigante de Leshan, China

Desde Chengdu fuimos hasta Zhangjiaje para conocer sus famosas montañas de Avatar. Igual que a Leshan no volveríamos, a Zhangjiajie volveríamos una y cien veces más (bueno, no tantas, que es bastante caro). Zhangjiajie tiene todo lo que cabría esperar de un parque natural de tales dimensiones.

Montañas de Zhangjiajie en China
Montañas de Zhangjiajie en China

Por momentos sentimos que estábamos inmersos en una película de Parque Jurásico. Lagunas enormes, frondosa vegetación, interminables torres de piedra. Zhangjiajie da para muchos días, pero la entrada vale sólo para 4 días, así que aprovéchalos bien.

De Zhangjiajie pasamos a Fenghuang, la nostálgica ciudad antigua. De Fenghuang nos gustó su inevitable contraste de noche y de día. Decimos inevitable porque los chinos son unos genios del juego de luces. Encantadora de día y maravillosamente ruidosa de noche, en Fenghuang recomendamos pasear una y otra vez por las riberas del río y disfrutar de sus puentes, de la Pagoda, de sus casas sobre pilotes de madera y de su caminito de piedras que conecta ambos lados del río.

Camino de piedras en Fenghuang, China
Camino de piedras en Fenghuang, China

Por último, desde Fenghuang hicimos un estrepitoso e interminable trayecto hasta Guilin-Yangshuo.

Si tuviéramos que darte un sólo consejo sobre China sería este: reserva con antelación el autobús que va desde Fenghuang a Guilin. Si no, podría pasarte como a nosotros. Que estarías dando tumbos de una ciudad a otra durante casi 24 horas por un nada módico precio. ¿Cuánto vale tu tiempo? El nuestro de ese día valió más de lo que nos hubiera gustado.

Cuando llegamos a Yangshuo todos nuestros males se curaron. ¡Qué lugar! Famoso por sus formaciones kársticas, en Yangshuo estuvimos con la boca abierta durante 3 días.

Yangshuo en China
Yangshuo en China

Recomendamos dar una vuelta en moto por la ciudad, visitar XingPing, hacer el tour en barco por el río que serpentea entre las montañas kársticas y pasear por la West Street de noche.

Y te estarás preguntando: ¿cuándo vais a contarnos la parte que os ha hecho mejores viajeros?

En realidad, es difícil de explicar. Hay que vivirlo. China es apasionante, pero también es intensa hasta la extenuación. Por poner tan solo algunos ejemplos: demasiada gente en todos sitios, modales más que cuestionables, carencia del más mínimo espacio vital, poca ayuda al extranjero, dificultades para pagar cualquier compra, colas interminables allá donde fueran posibles, bajo nivel de inglés pero nula actitud para hacerse entender (la mayoría).

Son los pequeños detalles los que hacen una gran diferencia. Y en China los ha habido a raudales.

China nos ha fascinado y nos ha estresado. Pero también nos ha enseñado a cómo saber con tan sólo una pregunta si un país ha merecido lo suficiente la pena: ¿Volverías?